Imagen: A. Ebblen Robles
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Hace 25 días

Argos o la posibilidad de la alegría

Su mirada siempre fue fija, atenta. Incluso a punto de dormir sabía dónde posar los ojos. Exigía comida y paseos, un lugar fijo para tomar el sol y que le pusieran una cobija encima en época de frío.

Imagen: Argos o la posibilidad de la alegría
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Para Piña

Los avances de la adaptación fílmica de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan, han causado comentarios variados, que van del asombro al repudio y de la devoción al escepticismo. El reparto y las declaraciones del director inglés hacen que más de uno levante la ceja, pues Nolan, con su conocida solemnidad y ambición, quiere contar el regreso de Odiseo siendo fiel al poema épico de Homero, pero también tomándose licencias creativas. Prescindirá de los dioses griegos, pero sí veremos cíclopes, al monstruo Caribis y a unos guerreros gigantes que parecen ser los lestrigones. Pero de lo que no he leído quejas, en un mundo que riñe por cualquier cosa, es de la aparición de Argos, el perro de Odiseo que, tras reconocer al amo que estuvo 20 años lejos de Ítaca, muere. Y, a diferencia del texto homérico, en la cinta lo veremos siendo cachorro y siendo adulto.


La aparición de Argos en el poema ha sido interpretada generalmente como símbolo de espera y fidelidad. Si bien estas características se presentan también en Penélope y Telémaco (esposa e hijo de Odiseo), mostrarlas en Argos significa que, en su etapa épica, la humanidad ya había desarrollado una relación más positiva con los animales, en especial con los perros, al ser parte de la vida cotidiana, ya sea como compañeros de caza, guardianes o simple compañía.

En la edición de Cátedra de La Odisea, a cargo de José Luis Calvo, podemos leer:

“Allí estaba el perro Argos. Lleno de pulgas. Cuando vio a Odiseo cerca, entonces sí que movió la cola y dejó caer sus orejas, pero ya no podía acercarse a su amo. Entonces Odiseo, que le vio desde lejos, se enjugó una lágrima sin que se percatara Eumeo”.

Recordemos que, en ese fragmento, Odiseo escondía su identidad y, por lo tanto, no pudo mostrar, o así lo da a entender el texto, más emociones. Eumeo le relata cómo era Argos años atrás, el vigor y rapidez que tenía y alaba su capacidad para seguir rastros. Tras esto, Argos muere: “le arrebató el destino de la negra muerte al ver a Odiseo después de 20 años”.

Argos también representa el regreso a casa. Algunos interpretan la lágrima escondida de Odiseo no solo como la tristeza por la muerte de Argos, sino como el momento en que tiene conciencia de que está en Ítaca y toca cumplir un último deber. Troya quedó atrás, es hora de reclamar lo suyo. La representación gráfica más famosa de este pasaje es obra de Briton Riviére, artista inglés conocido por sus cuadros de escenas de animales. La pintura muestra el momento en que las miradas de Argos y Ulises se encuentran. Ojalá Nolan capte un poco de esa mirada.

Elegí escribir sobre Argos porque Piña, perrita que nos acompañó a mi hermana Itzel y a mí durante casi 12 años,  falleció hace pocos días. Quizá lo correcto sería decir que decidió morir. Intimidante a pesar de su tamaño, Piña no quiso volver al quirófano y eligió los brazos de quienes la querían para estirarse una última vez, no como quien siente dolor, sino como quien sabe que le espera una larga siesta.


Su mirada siempre fue fija, atenta. Incluso a punto de dormir sabía dónde posar los ojos. Exigía comida y paseos, un lugar fijo para tomar el sol y que le pusieran una cobija encima en época de frío.


Presa de la modernidad, Piña jamás salió a cazar como Argos (aunque tenía una mandíbula apta para ello) ni tuvo que resguardar un almacén o ser parte de las multitudes que antes acompañaban a los ejércitos. Se conformó con atrapar lagartijas, restregarse en el pasto, ladrarles a vendedores y ser testigo de nuestra emoción al ver un partido, película o serie en la televisión. Gran parte de la expectativa por leer ciertos libros  se debía a que lo iba a hacer mientras bebía algo y Piña dormía al lado, solo para levantarse cuando decretaba que era la hora de comer.


La razón de por qué se llamaba Piña no la contaré aquí, pero sí diré que darle a un perro el nombre de una fruta, de un postre o de una bebida quizá carezca de magnificencia, pero nos brinda chispazos de un de tipo ternura que deseo que más personas conozcan.


Además, no creo que tener un perro nos haga mejores personas. No debemos darles una responsabilidad que es solo nuestra, así como no son su culpa nuestros defectos. Lo que sí creo es que los perros representan la posibilidad de la alegría. Piña fue nuestra  primera mascota, pero esa expectativa la empecé a aprender en otros perros como Guantes, Peluche, Káiser, Kenai, Gris o  Gladys. Me sorprendía la claridad de los ojos de sus dueños cuando hablaban sobre algo que sus perros habían hecho. Tras la llegada de Piña, un azar que siempre agradeceré, percibí esa misma alegría en las personas alrededor de Chiqui, Gomita, Zeuz, Leia, Coco, Joe, Tibu y Chela.


Homero solo describe que Argos movió la cola y dejó caer las orejas al ver a Odiseo. ¿Fue alegría? Quiero pensar que sí. Que no solo nosotros somos los felices, sino que también somos parte de  lo que sus cerebros caninos interpretan como gozo.


Vuelvo a pensar en la mirada de Piña y sé que me hará bastante falta. Quisiera poder describirla mejor, pero solo me alcanza para citar los versos que Vicente Aleixandre le dedicó a su perro Sirio: “Todo era fiesta en mi corazón, que saltaba en tu derredor, mientras tú eras tu mirar entendiéndome”.

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