Imagen: Ingrid Guerrero
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Hace 21 días

Cuidar es político

El cuidado se garantiza con tiempo, dinero, infraestructura, comunidad y condiciones materiales dignas para sostener la vida. Y eso es justamente lo que el sistema les niega a millones de mujeres: una vida vivible.

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Hablar de organización social de pronto se vuelve una ligereza. Gobiernos, funcionarios, diputadas, diputados y senadores nos saturan hablando de corresponsabilidad y sostenibilidad de la vida (porque les sonaron interesantes las palabras), mientras las madres y cuidadoras siguen sosteniendo el mundo desde el agotamiento, la precariedad y la soledad.

La realidad es que estamos muy lejos de garantizar el derecho al cuidado. No puede hablarse todavía de un derecho al cuidado garantizado, porque el cuidado no se resuelve nombrándolo. Tampoco romantizando a las maternidades ni hablando de conciliar trabajo y maternidad. La maternidad es un trabajo. El cuidado se garantiza con tiempo, dinero, infraestructura, comunidad y condiciones materiales dignas para sostener la vida. Y eso es justamente lo que el sistema les niega a millones de mujeres: una vida vivible.

En México, las mujeres realizan más del doble de trabajo no remunerado que los hombres. Cocinan, limpian, crían, acompañan enfermedades, sostienen emocionalmente a las familias y organizan la supervivencia cotidiana mientras trabajan jornadas formales e informales cada vez más violentas. Muchas lo hacen además atravesadas por el racismo, la pobreza, la discapacidad, el desplazamiento o la migración. Y aun así, el sistema insiste en responsabilizarlas individualmente de todo.

Se habla de crianza positiva mientras las empresas imponen horarios incompatibles con la vida. Se habla de salud emocional mientras las madres autónomas sobreviven sin redes, sin descanso y sin garantías básicas. Se habla de corresponsabilidad mientras los abandonos paternos siguen siendo tolerados socialmente y mientras el Estado descarga el peso del bienestar sobre los hogares, es decir, sobre las mujeres.

Las herramientas del amo jamás destruirán la casa del amo, escribió Audre Lorde. Y tenía razón. No vamos a transformar la organización desigual del cuidado usando las mismas lógicas que producen explotación, pobreza de tiempo y despojo. Tampoco vamos a transformar esa organización injusta instrumentando para campañas políticas una herida que vulnera el tiempo y el cuerpo de las cuidadoras.

Necesitamos redistribuir radicalmente el cuidado desde la ternura, sacarlo del sacrificio y reconocerlo como una responsabilidad colectiva y política.

Porque mientras el sistema siga funcionando gracias al trabajo invisible y agotado de las cuidadoras, hablar de derechos será apenas una simulación. Y las maternidades seguirán sosteniendo un mundo que no las sostiene a ellas, pero que sí adorna sus campañas políticas. Mientras tanto pelearemos, hasta que podamos ver más a nuestres amores que al patriarcado y a sus jefes.

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