Existe una idea científica que suele resumirse con una imagen simple: el aleteo de una mariposa.

Existe una idea científica que suele resumirse con una imagen simple: el aleteo de una mariposa. El llamado “efecto mariposa” explica cómo pequeñas variaciones dentro de sistemas complejos desatan consecuencias monumentales con el tiempo. En palabras simples: cuando múltiples variables interactúan, el cambio más sutil puede alterar el destino de todo el sistema.
Aunque nació en la meteorología, esta premisa explica con precisión quirúrgica los problemas cotidianos; habla de ciudades, gobiernos y sociedades, de cómo una cadena de decisiones aparentemente insignificantes termina construyendo realidades fuera de control.
Las inundaciones urbanas son el ejemplo perfecto. Cada temporada de lluvias, las calles se transforman en ríos, los autos flotan y las familias pierden su patrimonio. La reacción inmediata es culpar a la tormenta. Sin embargo, la realidad es mucho más incómoda: la inundación llega antes de la lluvia.
Llega cuando una bolsa de plástico se arroja a la calle, cuando una alcantarilla pasa meses asfixiada por el lodo, cuando una obra hidráulica se pospone por cálculo político o falta de presupuesto. Llega cuando el drenaje de una ciudad sigue siendo el mismo de hace décadas, mientras la mancha urbana y la población se multiplican, sobre todo, cuando cada ciudadano y gobernante asume que la responsabilidad es de alguien más.
Por separado, ninguna de estas omisiones parece fatal. Pero juntas, son destructivas. Ese es el verdadero núcleo del problema. Los grandes colapsos rara vez nacen grandes; se alimentan de la negligencia acumulada día con día.
En las ciudades mexicanas, la crisis del agua y el colapso del drenaje no son novedad, son procesos que llevan, al menos, 30 años gestándose. Tres décadas de crecimiento desordenado, mantenimiento obsoleto y decisiones postergadas que parecían menores en su momento, pero cuya factura finalmente ha llegado. La lluvia no crea el problema; lo exhibe.
Para resentimiento de muchos, que suelen reducir a Maquiavelo a una caricatura de intrigas y conspiraciones, escribió hace más de 500 años una de las advertencias más sensatas de la política, que los males del Estado son como la tisis: al principio son fáciles de curar y difíciles de diagnosticar, pero con el tiempo, si no se atienden, se vuelven fáciles de diagnosticar y sumamente difíciles de curar.
Es fascinante cómo la intuición política de Maquiavelo converge con la teoría del caos, ambos advierten lo mismo: las crisis no brotan de un solo evento extraordinario, nacen de las alertas ignoradas y de los problemas que dejamos para después.
Por eso, ante la próxima ciudad inundada, o cualquier problema cotidiano, la pregunta no debe ser cuánto llovió, la correcta es cuántos pequeños aleteos decidimos ignorar.
Suscríbete a Criterio Hidalgo y conoce nuestros contenidos exclusivos https://suscripciones.criteriohidalgo.com/planes