Empecemos por definir la educación inclusiva como modelo pedagógico que garantiza el acceso equitativo al aprendizaje, valorando la diversidad y eliminando las barreras que limitan la participación de todos los estudiantes

Empecemos por definir la educación inclusiva como modelo pedagógico que garantiza el acceso equitativo al aprendizaje, valorando la diversidad y eliminando las barreras que limitan la participación de todos los estudiantes.
Me permito citar a Susan y William Stainback, quienes emplearon el término y refieren que el enfoque principal de la educación inclusiva se centra en que los estudiantes aprendan con y de sus compañeros, eliminando la exclusión o la segregación en escuelas de educación especial. Para ello no solo se trata de integrar a un alumno dentro del aula, sino de asegurar que pertenezca, que participe plenamente y que sea valorado como miembro de la comunidad escolar, sin importar su diversidad e interseccionalidad.
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Ahora, si bien es cierto que hoy en día hay más apertura en las escuelas mexicanas, aún se nota un sesgo por parte del profesorado que mantiene una postura de educación tradicionalista, donde el aula se convierte en el maestro que manda y el estudiantado que obedece, o de lo contrario termina convirtiéndose en problema o bien foco rojo, aunado a esto el poco acompañamiento familiar.
Sin embargo, es distinto cuando, lejos de enfocarse en estudiantes focos rojos, el profesorado se da la tarea de reconocer que todo estudiante aprende de manera distinta, algunos requieren más tiempo, otras estrategias, constantes adaptaciones en las actividades, diferentes dinámicas o bien requieren acompañamiento emocional y psicológico; estas diferencias no deben verse como obstáculos, sino como parte natural de la diversidad humana. No se debe perder el verdadero sentido de la educación inclusiva que es el adaptar la enseñanza a las necesidades del estudiantado y no esperar que el estudiante se adapte completamente a un sistema rígido e inflexible.
Sin dejar de lado que los docentes enfrentamos múltiples desafíos porque tener alumnos con características especiales implica mayor dedicación, mayor tiempo, así mismo especial atención al diseño de actividades, al manejo emocional, aunado a delegar en igualdades el acompañamiento en casa. En muchas ocasiones, el maestro debe actuar no como simple educador, sino también como orientador, mediador y apoyo emocional, aunque esta situación puede generar desgaste físico y emocional, sobre todo cuando no existe una colaboración activa por parte de las familias, el solo hecho de hacerlo brinda satisfacción y calidad no solo educativa sino humana.
En conclusión, educación inclusiva debe ser permanente y entenderse como un compromiso compartido entre escuela, profesores, familia y comunidad, que sea capaz de responder a la diversidad y formar ciudadanos solidarios, tolerantes y comprometidos con una sociedad más equitativa.
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