Imagen: A. Ebblen Robles
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Hace (4) meses

El canguro que no se subió al avión

No faltará mucho para que la capacidad de distinguir IA de realidad sea una profesión pagada

Imagen: El canguro que no se subió al avión
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En el debate entre los entusiastas y los apocalípticos de la inteligencia artificial (IA) se suele dejar de lado que las aplicaciones de IA están hechas no solo para ser útiles, también para ser divertidas.

Aunque su uso va de la medicina a las finanzas, de la producción cinematográfica a la búsqueda de personas, de las estadísticas deportivas al apoyo en la salud mental o la creación artística, se subestima no solo la utilidad de la herramienta, sino también el entretenimiento que genera y, por ello, no cabe esperar otra cosa que su uso sea incentivado, aunque deberá venir con la discusión sobre las regulaciones a las compañías y la ética personal, pero a la gente le gusta la IA porque su contacto principal con esta se da en las redes sociales. Y ahí todo son risas. 

No faltará mucho para que la capacidad de distinguir IA de realidad sea una profesión pagada, pero en lo que eso sucede, aceptemos que nos gusta ver imágenes imposibles y hasta nos desilusionamos al notar o enterarnos que son falsas, como la del canguro que, boleto en mano, se muestra triste porque no lo dejan subir a un avión. 

La diversión que en Facebook, Instagram o TikTok puede dar la IA es real e implica costos ecológicos, políticos y de atención que hay que atender, pero qué gozada ver a Halaand, Kanye West, Dua Lipa y Obama comer barbacoa en un puesto callejero o a Messi y Cristiano Ronaldo escapando de la cárcel, trabajando de cobradores de Elektra, tomando cerveza tras un partido llanero o robarse un alien del Área 51. Lo confieso, soy muy fan. Por cierto, el futbolista argentino reveló que también pasa tiempo viendo ese tipo de videos.

Pero esa diversión no significa que sea optimista en relación a la IA. También hay un lado oscuro y peligroso en la falsedad de imágenes que cada vez parecen más reales y que serán usadas por políticos o poderes económicos. El riesgo de suplantar identidades para humillar al individuo o robar información está latente. Pero si el usuario, las empresas y la ley asumen un mínimo de decencia o responsabilidad, la opinión pública debería estar vacunada para no creer cada foto escandalosa o enigmática que ronda por las redes.

Y más allá de lo entretenido y lo macabro, me preocupa la excesiva confianza en los datos brindados por la IA. No porque quiera que la gente regrese a investigar a las bibliotecas y anote en fichas de trabajo, o porque posea una concepción romántica y errónea de los materiales impresos, sino porque creo que nos conformaremos con una uniformidad de los criterios y gustos que, a la larga, se convertirán en no criterios y por lo tanto en gustos que tampoco son. El conocimiento personal pude ser somero, o no, pero es propio. Y en el compartirlo y desde nuestra visión tratar de captarlo está una de las riquezas de la cultura. El contacto con la política, la ciencia o las artes nos lleva a enumerar nuestras filias y fobias y hay gran placer en conocer los libros, películas, momentos históricos, canciones o goles que nuestro interlocutor atesora. Podemos estar de acuerdo o podemos pelearnos, pero hay un reconocimiento en el esfuerzo ajeno por dilucidar las cosas que transforma y nos hace conocer al otro. Habrá médicos que enlisten sus células preferidas o instrumentos quirúrgicos favoritos, o químicos que se arriesguen a romper el hielo platicando sobre los cinco metales más importantes y en la diversidad de respuestas uno aprende. Pero ahora, si le preguntan a Chat GPT, lo más probable es que nos encontremos con listas muy similares y ahí se pierde gran parte de la diversión.

Umberto Eco, un invitado frecuente en esta columna, escribió dos libros sobre nuestro placer por hacer listas. En uno remarcaba la importancia de la enumeración en la cultura occidental y en el segundo (El péndulo de Foucault) barajeó una intriga alrededor de una lista incompleta. En ambos tomos, la lista solo es el pretexto para el juego de la interpretación y el descubrimiento.

Aun guardo el número 259 de la revista Día Siete, publicación que acompañaba a la edición dominical de El Universal que mi padre compraba cada domingo. En ese número hay un texto del crítico de cine John Walker sobre las películas favoritas de algunos directores importantes. Walker destaca, por revelar su carácter, las elecciones de Tarantino (El bueno, el malo y el feo o Taxi Driver), Breillat (El imperio de los sentidos, Saló y los 120 días de Sodoma) o Jarmusch (Los siete samuráis). Hay cintas que están en varias listas (Citizen Kane, El Padrino, Vértigo), pero es en las divergencias donde empieza la curiosidad por acercarse a esos filmes. Algunas nos gustarán, otras no. El impacto no es medible, pero hace la vida mejor. Es una diversión grande a la que no hay que renunciar, pero también cabe sentir ternura por ese canguro que ya no volará.

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