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Hace 22 horas

El poder de ser vistos

Quizás hemos pensado que para transformar una vida se requieren grandes recursos, programas complejos o intervenciones extraordinarias. Sin embargo, tenemos a la mano una de las herramientas más poderosas: la validación.

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Quizás hemos pensado que para transformar una vida se requieren grandes recursos, programas complejos o intervenciones extraordinarias. Sin embargo, tenemos a la mano una de las herramientas más poderosas: la validación.

He tenido la oportunidad de llevar círculos de diálogo y prácticas restaurativas a distintas escuelas. En esos espacios he aprendido que detrás de cada conducta, de cada silencio e incluso de cada dificultad académica existe una historia que merece ser escuchada.

Recuerdo particularmente una escuela en la que la docente me compartió una preocupación que la acompañaba desde hacía tiempo, algunos alumnos no habían logrado aprender a leer y, para el grado que cursaban, aquello ya representaba una dificultad importante. Entre ellos había una niña que destacaba por su aparente desinterés; se le veía desmotivada, poco participativa y con escasa confianza en sí misma.

Durante una de las actividades del círculo pedí a las y los estudiantes que escribieran su nombre. Cuando llegué con ella, me dijo con total honestidad que no podía hacerlo porque no sabía escribirlo. Más tarde realizamos una dinámica de dibujo y fue entonces cuando ocurrió algo que me dejó impactada: Aquella niña comenzó a plasmar sus ideas en el papel con una habilidad extraordinaria, sus dibujos eran hermosos, llenos de detalles y creatividad. Me di cuenta del talento enorme para expresar lo que pensaba y sentía, así, mientras observaba su trabajo, comprendí que estaba frente a una niña que probablemente había escuchado demasiadas veces aquello que no podía hacer, pero muy pocas veces aquello que sí podía lograr.

La felicité sinceramente, reconocí su talento y también lo compartí con su docente. Le dije que siguiera dibujando porque tenía un don especial, lo cual no se trató de una estrategia pedagógica sino de un reconocimiento totalmente genuino.

Tiempo después regresé a trabajar con ese mismo grupo. Mi sorpresa fue enorme cuando aquella niña levantó la mano voluntariamente para participar en una lectura, leyó con gran seguridad, lo impresionante fue ver su actitud; ahora se mostraba participativa, interesada y muy confiada.

Le pregunté que cómo había aprendido a leer y su respuesta fue que ahora ponía atención.

Ello me recordó uno de los principios de la Rueda del Coraje, desarrollada por los investigadores Larry Brendtro, Martin Brokenleg y Steve Van Bockern. Donde mencionan que los niños florecen cuando encuentran espacios donde son reconocidos por sus capacidades, no es que el reconocimiento por sí solo haya producido tal cambio pero la validación de sus fortalezas contribuyó a robustecer su confianza, la motivación y el deseo de involucrarse en los procesos de aprendizaje; es decir, cuando una persona descubre que posee valor, cuando la ven más allá de sus dificultades y reconocen sus capacidades es cuando comienza a construir una narrativa distinta de sí misma; es precisamente la Rueda del Coraje que plantea que los niños, niñas y adolescentes prosperan cuando encuentran cuatro elementos esenciales: pertenencia, maestría, independencia y generosidad.

La pertenencia surge cuando alguien se siente aceptado y valorado. La maestría aparece cuando identificamos nuestras capacidades y desarrollamos confianza en ellas. La independencia nace cuando creemos que somos capaces de influir positivamente en nuestra propia vida. Finalmente, la generosidad se manifiesta cuando utilizamos nuestros talentos para contribuir al bienestar de los demás.

Las prácticas restaurativas parten de esa lógica: en lugar de concentrarse únicamente en los errores, buscan reconocer fortalezas, restaurar relaciones y construir comunidades donde todas las personas tengan un lugar. Los círculos de diálogo permiten que niñas, niños, docentes y familias desarrollen vínculos basados en la escucha, el respeto y la empatía.

Estas interacciones cotidianas nos pueden ayudar a construir paz, por ejemplo, cuando una madre reconoce el esfuerzo de su hijo, cuando un docente identifica una fortaleza antes que una deficiencia, cuando una comunidad decide escuchar antes de juzgar. Si logramos fortalecer la dignidad de las personas podremos llegar a sociedades más justas. Quizás si comenzamos con una palabra de reconocimiento a nuestro hijo, amigo, colaborador, alumno, compañero, podremos cambiar una historia completa.

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