Fomentar que el alumno llegara a sus propias conclusiones, abriendo la posibilidad de que el discípulo arribase a razonamientos más profundos o veraces que aquellos de su guía

En la antigüedad, la función de un maestro no era estrictamente transmitir conocimientos en una relación vertical de orden descendiente. Sócrates y sus seguidores emplearon métodos didácticos basados en el presupuesto de que el hombre es poseedor de todo el conocimiento del universo y la labor del experto era facilitar que el educando lo “recordara” y lo hiciera consciente.
Así, durante siglos la función docente no consistía en replicar las nociones adquiridas previamente, sino fomentar que el alumno llegara a sus propias conclusiones, abriendo la posibilidad de que el discípulo arribase a razonamientos más profundos o veraces que aquellos de su guía.
Empero, en el momento en que se institucionalizó el conocimiento, el enfoque de la educación varió sustancialmente. El sistema educativo, con todos sus protocolos, guías y burocracia se convirtió en un límite para los alumnos, un molde para confinar el sentimiento y pensamiento de los educandos, creando máquinas diseñadas para resolver situaciones concretas en lugar de propiciar un desarrollo íntegro de sus facultades.
Alguien dijo que el sistema no le da al individuo las herramientas para derribarlo; sin embargo, esta nueva manera de adoctrinar o aleccionar, más que instruir, halló campo fértil en la mente de quienes pretenden realizar el mínimo esfuerzo, alumnos que piensan que escuchar al docente durante 50 minutos les proporciona lo necesario para enfrentarse a la vida y obtener dinero por ello, así, sin cuestionarlo, sin discernir si lo que escuchan o ven en el aula es cierto, o acorde con las circunstancias del presente convulso.
Y, en ese sentido, la tecnología, con su frenético avance, no ha contribuido al fin último que debiere tener la educación. En un principio, consultas de una sola fuente, sin contrastar ideas, aceptando que en la enciclopedia electrónica Encarta yacía la verdad absoluta. Después, bancos de trabajos realizados por terceros, al alcance de cualquier persona con acceso a internet y un procesador de texto para sustituir al autor original. Y ahora, la inteligencia artificial, con sesgos electrónicos, fuentes tergiversadas e información no siempre verificable, pero que los usuarios consideran digna de presentarse ante el docente.
Entonces, quien escribe considera que la principal labor del docente de cara a las necesidades actuales no consiste solo en replicar ideas ajenas o parafrasear autores de hace décadas o siglos. Sino, hacer que en la mente de sus alumnos se despierte tal afición por el conocimiento que les vuelva inconformes con una sola idea sobre un tema y formen un criterio propio que les permita no solo resolver un problema concreto, sino aprovechar sus facultades y las herramientas de que disponen para enfrentar cualquiera de las vicisitudes que les presente la vida. En fin, recordarles que en su interior yace todo lo que deben saber para formarse una idea propia de éxito y el potencial para alcanzarlo.
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