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Hace (1) meses

La ciudad que le dimos al auto y le quitamos a la niñez

Hemos construido una ciudad donde el automóvil es prioridad, con calles cada vez más amplias, rápidas y peligrosas, banquetas inexistentes o invadidas, y espacios públicos escasos o inseguros

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¿Qué ciudad estamos construyendo cuando no pensamos en las infancias y vulneramos sus derechos? Hemos construido una ciudad donde el automóvil es prioridad, con calles cada vez más amplias, rápidas y peligrosas, banquetas inexistentes o invadidas, y espacios públicos escasos o inseguros. Esto afecta a todas las personas, pero impacta con más fuerza a las infancias, cuya autonomía y desarrollo se ven limitados al depender siempre de un adulto para moverse con seguridad.

Las escuelas, que deberían ser entornos de protección y cuidado, suelen convertirse en puntos de caos urbano, con filas de autos, cruces improvisados y mucho estrés. Incluso las infancias que viven cerca, no pueden llegar caminando o en bicicleta, porque además de la falla en la infraestructura, falla la comunidad que no tiene organización para acompañarles y cuidarles en sus trayectos.

Hablar de ciudadanía infantil implica reconocer que el desarrollo urbano debe incluirles. Y también exige cuestionarnos de manera colectiva, ¿qué estamos priorizando como sociedad? Más carriles, más velocidad, más espacio para el automóvil; nos cuesta ceder ese espacio incluso cuando hacerlo podría significar calles más seguras para todas las personas. ¿Y si en cambio apostamos por calles donde podamos vivir desde una caminata segura, la posibilidad de convivencia y por qué no, el juego? ¿Cuánta comodidad está dispuesta esta sociedad a ceder por la seguridad colectiva?

La niñez tiene derechos. La Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por México, es un tratado internacional que obliga al Estado a garantizarlos. A nivel nacional, la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes y la Ley General de Movilidad y Seguridad Vial reconocen el derecho a una movilidad segura, sin embargo, estos derechos rara vez se reflejan en la ciudad del día a día.

El derecho a moverse con seguridad, a jugar libremente, a respirar aire limpio, a desarrollarse en entornos saludables y a construir independencia de manera gradual contrasta con una realidad marcada por cruces peligrosos, altas velocidades, infraestructura deficiente y parques inaccesibles o inseguros, a esto se suman la contaminación, el ruido constante y un diseño urbano que no considera la voz de quienes crecen ahí.

Una ciudad que no permite a la niñez caminar sola no es segura para nadie. Si queremos ciudades más justas, habitables y humanas, debemos empezar por garantizar que los habitantes más jóvenes puedan habitarla con libertad y seguridad. Porque cuando una ciudad funciona para la infancia, funciona mejor para todas las personas.

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