El gremio artístico siempre ha vivido con un pie en la creación y el otro en la insolvencia

Hay un espectáculo más conmovedor que una función de teatro experimental con ocho espectadores: un artista creyendo que el siguiente gobierno sí lo va a sacar de pobre. Durante años, una parte importante de la comunidad cultural acompañó el ascenso de Andrés Manuel López Obrador con un entusiasmo casi romántico. Marchó, firmó desplegados, organizó lecturas, tomó el Zócalo y hasta Reforma cuando fue necesario. Mientras otros aportaban músculo electoral, los artistas ofrecieron algo más difícil de conseguir: legitimidad simbólica. Para muchos, la izquierda era el lugar donde la cultura dejaría de ser el florero del presupuesto para convertirse en una verdadera política de Estado.
Llegó el poder y ocurrió ese viejo milagro mexicano: cambió el discurso, pero la precariedad decidió reelegirse. No hablo de nostalgia por los gobiernos anteriores. El gremio artístico siempre ha vivido con un pie en la creación y el otro en la insolvencia. Lo que sorprende es que un proyecto político respaldado con tanta convicción por artistas haya terminado ofreciendo más épica que resultados.
Mientras tanto, las universidades siguen graduando creadores con un optimismo digno de Walt Disney. Formamos generaciones enteras con admirable entusiasmo y luego las lanzamos al mercado laboral como quien arroja peces de acuario al océano Pacífico deseándoles buena suerte. Abrimos escuelas públicas con una mano y cerramos oportunidades con la otra. Es el equivalente institucional a inaugurar una facultad de astronautas sin haber comprado un cohete. Los presupuestos tampoco ayudan. Los recursos para cultura llevan años estirándose como chicle de primaria: alcanzan para inaugurar programas, cortar listones y tomarse la foto, pero rara vez para transformar las condiciones de trabajo del sector. Los estímulos conservan montos que la inflación observa con una mezcla de nostalgia y burla, mientras la competencia aumenta porque cada año egresan más artistas que deben repartirse el mismo pastel; un pastel que, por cierto, también está a dieta.
Pero quizá lo más desconcertante no sea el dinero, sino la conversación. En este país uno puede denunciar la falta de apoyos, el deterioro institucional o la precariedad laboral y descubrir, con agradable sorpresa, que en realidad acaba de declararse militante de la derecha. Es una habilidad extraordinaria de nuestra discusión pública: convertir una protesta por un atropello a un espacio cultural en una conspiración ideológica, como ocurrió cuando se acusó a los poetas que defendían la Casa del Poeta Ramón López Velarde de actuar por motivaciones partidistas.
El mecanismo resulta comodísimo. Si un colectivo protesta, son conservadores. Si un museo reclama presupuesto, hay intereses oscuros. Si un dramaturgo exige mejores condiciones de producción, seguramente está financiado por el neoliberalismo internacional. Así, el problema deja de ser el problema y el acusado termina siendo quien tuvo la mala educación de señalarlo. Lo desolador es que muchos de esos inconformes acompañaron precisamente el proyecto que hoy cuestionan. No son herederos del antiguo régimen ni añoran sus vicios. Son personas que creyeron que la cultura ocuparía un sitio distinto en un gobierno que hablaba constantemente del pueblo, la justicia social y la transformación. Por eso la deuda es presupuestal y moral. La comunidad artística no esperaba privilegios; esperaba coherencia. Esperaba que el respaldo brindado durante años se tradujera en mejores condiciones para producir, circular y vivir de su trabajo. Algo que evidentemente no ha ocurrido.
Y conviene decirlo con claridad: criticar estas omisiones no convierte a nadie en enemigo del gobierno. Al contrario. Una democracia sana se fortalece cuando sus simpatizantes pueden señalar las fallas de aquello que ayudaron a construir sin ser tratados como traidores. ¿La Cuarta Transformación traicionó a los artistas? Tal vez la palabra sea excesiva. Pero sí puede decirse que confundió gratitud con paciencia infinita. Para una comunidad que ayudó a construir el relato del cambio, no deja de ser una forma bastante ingrata de aparecer en los créditos.
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