Imagen: Enrique Olmos
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Hace 3 días

La epidemia de la talleritis: mucho semillero, poca cosecha

Ya va siendo hora de exigir que las instituciones no solo siembren, sino que asuman el costo de la cosecha y la formación de públicos. El arte sin exhibición ni referentes es solo un pasatiempo caro financiado con nuestros impuestos…

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Lo confieso desde la primera línea, para que luego no me acusen de tirar la piedra y esconder el tabulador de honorarios: he dado talleres. He vivido de ellos y, en mis momentos de mayor debilidad institucional, hasta los he propuesto. Pero lo que ocurre actualmente en nuestras dependencias culturales ya no es un esfuerzo loable de formación, es una patología clínica. Hemos sido infectados por la talleritis.

La talleritis es esa necesidad convulsiva del Estado y sus satélites por generar espacios de iniciación que, seamos brutalmente honestos, rara vez tendrán una salida hacia el público. La lógica de la burocracia cultural es aplastante y matemáticamente simple: resulta muchísimo más barato pagarle a un maestro para que imparta el Taller de acuarela conceptual, de Cine expandido con celular o de Poesía en tiempos de TikTok a 20 incautos en un salón, que financiar una exposición en forma, publicar un tiraje o garantizar la gira de un ensamble profesional de artes escénicas.

En el informe anual, la foto grupal de la clausura con los alumnos sosteniendo un diploma de cartulina luce espectacular y justifica el presupuesto de la manera más indolora posible. Y si somos aún más francos, la institución sabe perfectamente que muchos de estos espacios fungen en realidad como guarderías vespertinas o como terapia ocupacional. Son el estacionamiento idóneo para que los padres de familia depositen a la criatura un par de horas, con la secreta esperanza de que pintar un alebrije la mantenga quieta y lejos de las malas compañías. Del otro lado, la tragedia se completa con la figura del instructor. Hay que admitirlo: saber hacer arte no significa saber enseñarlo. Las dependencias contratan a creadores urgidos por pagar la renta, dotados de talento, pero con nula formación pedagógica, cuya profunda metodología didáctica a menudo se reduce a pedirle a los alumnos que “fluyan”.

Como bien diagnosticó Gabriel Zaid respecto al ecosistema literario, donde a veces hay más autores de poesía que lectores de la misma, en el panorama general de las artes padecemos exactamente el mismo síndrome. Estamos a nada de tener más talleristas y especialistas que espectadores, lectores o compradores de obra. Formamos hordas de jóvenes en artes plásticas, pero no hay galerías públicas que los expongan; atiborramos las aulas de futuros cineastas, pero las pantallas de los centros culturales locales solo proyectan humedad.

Este peligroso modelo de los “semilleros creativos” asume que el arte es una planta de interior que florece a base de fotocopias, videos y PDF. Sembramos creadores, sí, pero los mantenemos estéticamente ciegos. Tenemos alumnos de música que dominan el solfeo, pero en cuya población el Estado jamás ha programado a una orquesta sinfónica de buen nivel; chicos que escriben cuento, pero en su municipio no sobrevive una sola librería. Tienen la técnica, recitan la teoría, pero carecen del referente estético vivo. Crean sin ver. Para las dependencias, garantizar la circulación de obra profesional es un gasto superfluo, mientras que repartir constancias de asistencia es sinónimo de “desarrollo social y bienestar”.

Ya va siendo hora de exigir que las instituciones no solo siembren, sino que asuman el costo de la cosecha y la formación de públicos. El arte sin exhibición ni referentes es solo un pasatiempo caro financiado con nuestros impuestos. De lo contrario, la maquinaria seguirá siendo un uróboro perfecto y, regresando a la confesión de mi primera línea, la única salida laboral que le dejaremos a todos esos jóvenes talentos de los semilleros será, trágica e irónicamente, cobrar honorarios en el futuro por ir a dar el próximo taller.

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