Porque de nada sirve un parque si está lejos, si está oscuro o si no invita a quedarse

Hay algo que no pensamos lo suficiente cuando hablamos de ciudad: qué tan cerca tenemos un parque.
No uno instagrameable. No uno al que hay que llegar en coche. Uno de verdad cercano. De esos a los que puedes salir caminando sin pensarlo mucho.
Hace poco, mientras paseaba a mis perros, me puse a observar algo muy sencillo: ¿quiénes usan los parques? Y más importante aún, ¿quiénes no pueden usarlos?
Pensé mucho en las personas mayores.
En quienes ya no pueden caminar largas distancias. En quienes necesitan una banca cerca para descansar. En quienes quisieran salir un rato a tomar aire, pero no tienen un espacio adecuado a unas cuadras de su casa. Porque sí, en Pachuca hay parques. Pero no siempre están cerca, no siempre están cuidados y no se sienten seguros.
Y entonces pasa algo que no siempre vemos: la gente deja de salir.
Cuando no hay un parque cercano, la ciudad se reduce. Se vuelve más pequeña. Más limitada. Porque no todos pueden tomar un auto, el transporte y llegar lejos solo para sentarse un rato bajo un árbol.
Un parque cercano no debería ser un lujo. Es parte de la vida diaria de los que habitamos la ciudad.
Es el lugar donde puedes caminar un poco, saludar a alguien, sentarte, ver pasar el tiempo, ejercitarte. Para muchas personas mayores, eso no es un plan opcional: es parte de su bienestar, de su salud, de su forma de seguir conectados con la ciudad.
Pero para que eso pase, no basta con que los parques existan. También tienen que estar cerca. Tienen que ser accesibles. Tienen que sentirse seguros.
Porque de nada sirve un parque si está lejos, si está oscuro o si no invita a quedarse.
Por eso hay algo que me parece importante decirlo claro: tener áreas verdes no es suficiente si no podemos habitarlas todos.
Y cuando digo todos, también pienso en quienes caminan más despacio. En quienes necesitan pausas. En quienes no buscan grandes espacios, sino lugares cercanos, tranquilos y seguros.
Tal vez la conversación sobre la ciudad debería empezar por ahí. No por las grandes obras, puentes o edificios, sino por lo cotidiano. Por preguntarnos si las personas pueden salir de su casa y encontrar, a unos pasos, un lugar donde estar.
Porque una ciudad no solo se mide por cómo se mueve, sino por cómo permite detenerse. Y, a veces, algo tan simple como un parque cercano puede hacer toda la diferencia.
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