Aunque la cercanía y el acompañamiento son indispensables, esta narrativa es profundamente insuficiente y peligrosamente cómoda

Un adolescente fue vinculado a proceso por feminicidio después de asesinar a María del Rosario y Tatiana, profesoras de un bachillerato en Michoacán. Antes del ataque, había subido videos portando armas y compartido mensajes atravesados por una misoginia explícita.
Sin embargo, la conversación pública rápidamente tomó un rumbo habitual: la responsabilidad volvió a colocarse en las familias: es necesario monitorear con frecuencia, estar más pendientes y con más cercanía. Y aunque la cercanía y el acompañamiento son indispensables, esta narrativa es profundamente insuficiente y peligrosamente cómoda. Porque desplaza el problema hacia lo individual y lo privado y desdibuja la corresponsabilidad del sistema y sus estructuras.
¿Quién puede sostener ese ideal de vigilancia permanente en México? ¿Quién tiene el tiempo, las condiciones materiales y el respaldo para hacerlo? En un país atravesado por la precarización, la pobreza de tiempo y una organización social del cuidado profundamente desigual, estas exigencias no solo son irreales, sino injustas. Las personas cuidadoras, en su mayoría mujeres y madres, ya sostienen una sobrecarga brutal. Jornadas extendidas, trabajos precarizados, ausencia de corresponsabilidad masculina, abandonos paternos y una cultura que sigue considerando el cuidado como una obligación femenina y no como un asunto colectivo.
¿En dónde queda la responsabilidad de las grandes plataformas digitales y las empresas tecnológicas que lucran con la atención de niños, adolescentes y jóvenes? Porque, no estos espacios, la machósfera no solo circula, se amplifica.
La machósfera no es solo un discurso, es un entramado de algoritmos y dinámicas compuesto por comunidades y creadores de contenido. Estos algoritmos validan y distribuyen discursos de odio contra las mujeres, la machósfera invalida el consentimiento y la autonomía y convierte la libre decisión en una conducta que provoca malestar en los hombres. Si las mujeres no están dispuestas a ser objetos de dominación o cuerpos consumibles, entonces son las responsables del malestar de los hombres. Es, como diría Rita Laura Segato, antropóloga feminista, una exhibición de la potencia, una pedagogía de la crueldad que opera lucrando y manipulando la frustración, la tristeza y la desprotección de niños y jóvenes.
Las grandes plataformas tienen la capacidad tecnológica de identificar patrones de consumo, radicalización y riesgo, pero no están interviniendo cuando esos contenidos generan tráfico, permanencia y monetización. Entonces, ¿de verdad vamos a seguir diciendo que todo depende solo de que una madre esté más atenta?
El feminicidio de María del Rosario y Tatiana no puede leerse como un hecho aislado ni como un descuido en lo privado de la crianza. Es la expresión de una violencia que se construye socialmente y que se alimenta digitalmente. Cada vez que desplazamos la responsabilidad hacia lo individual, lo que estamos diciendo es que estas muertes son asumibles. Desmontar la machósfera exige acciones colectivas, sobre todo en la crianza, debe ser un trabajo en red y no tribu.
Mientras tanto, frente a la machósfera y frente a las violencias nosotras seguiremos tejiendo cuidados colectivos y desobedientes.
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