Es gravísimo que, en un país donde mueren más niñeces por violencia que por cáncer u otras enfermedades, se marche y se organicen congresos que busquen rescatar los derechos de los hombres agresores.

Un grupo de manifestantes se movilizó el viernes pasado bajo la consigna de “soy papá, no criminal” para inconformarse por las tantas leyes que protegen a las mujeres.
El chiste se cuenta solo, y es trágico, porque estas leyes existen por la desprotección que genera hacia las mujeres, el sistema social y estructural que beneficia a los hombres. No conformes con semejante planteamiento, se quejaron por lo que llaman “denuncias falsas”. Y es gravísimo hablar con tanta ligereza de “denuncias sin fundamento” cuando se desconoce el impacto del trauma de una niñez que ha sufrido violencia sexual, o cuando se es ajeno e indiferente a los procesos de desarrollo y a las intersecciones que impiden que una niñez note una violencia sexual como una afectación o como un daño.
Te puede interesar: Niñeces que cuidan
Porque no, no todes tenemos el privilegio de saber lo que es una violencia sexual, de haber crecido con autonomía corporal o de contar con los mínimos recursos psicoemocionales para cuestionar que quien dice cuidarnos también puede violentarnos; incluso hacerlo de manera tan manipulada y sutil que, mediante el soborno, el chantaje y la manipulación, instrumentando el afecto y la confianza, la violencia se disfraza de validación. ¿Quién habla de lo difícil que es para una niñez develar que lo que pensaba que era amor o juego se trataba de una violencia sexual? La violencia no siempre llega con brutalidad evidente.
Esta no fue una marcha contra las denuncias falsas; fue una marcha por la impunidad de los agresores. Porque si del bienestar y el cuidado de las niñeces se tratara, entonces estarían cuestionando los infames métodos de “valoración” y “medición” de afectación tras una violencia sexual, estarían preguntando por qué se siguen usando instrumentos y conceptos del DSM III en las fiscalías, estarían posicionándose para que cada fiscalía tenga actualizaciones y certificaciones obligatorias en trauma, género y sexualidad.
Es gravísimo que, en un país donde mueren más niñeces por violencia que por cáncer u otras enfermedades, se marche y se organicen congresos que busquen rescatar los derechos de los hombres agresores.
¿De qué hombres estamos hablando? Hombres que ya están protegidos por el sistema, que tienen vida pública gracias a la sobrecarga de cuidados de mujeres y niñas; hombres que ocupan cargos de poder y que viven impunes y protegidos por gobiernos e influencias que les encubren. Hombres que cuentan con el respaldo cómplice de familias que les dan la espalda a las niñeces y a su voz.
El congreso que se está cocinando en Guadalajara hace honor a su nombre, porque estos machos no tienen nada que temer con sus aliados en posiciones de poder, pero no por mucho tiempo.
Porque, como diría Catalina Ruiz-Navarro, las mujeres que luchamos nos encontramos, y aunque nos quieren dispersas y con miedo, aquí estamos: furiosas y juntas.