Imagen: Ingrid Guerrero
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Hace (2) meses

Niñeces que cuidan

Es invisible porque aquello que llamamos estado de bienestar se sostiene, en realidad, sobre una organización profundamente desigual del cuidado que descansa en la pobreza de tiempo de las mujeres cuidadoras, pero también en el abandono de las niñeces

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No es lo mismo hablar de estado de bienestar que de organización social del cuidado: mientras el primero se refiere a la responsabilidad del Estado de garantizar condiciones mínimas de vida digna y reducir desigualdades, la segunda nombra cómo se distribuyen en la práctica las tareas que sostienen la vida (quién cuida, en qué condiciones y con qué reconocimiento). En México, esa organización es profundamente desigual, las mujeres realizan más del doble de trabajo no remunerado de cuidados que los hombres, en un esquema donde el cuidado se resuelve en lo privado y se sostiene sobre el estereotipo de que es una capacidad natural femenina, cuando en realidad es una imposición estructural que permite que la vida pública y de los hombres funcione. El resultado es un cuidado familiarizado y feminizado que encubre una desigualdad persistente.

Ahora bien, la situación de las mujeres en México en cuanto a los cuidados no remunerados es profundamente precaria. Muchos hogares se sostienen económicamente con las aportaciones de las madres cuidadoras. Los abandonos parentales no impactan solamente en los ingresos, sino también en los tiempos y en la distribución del cuidado. Las mujeres que salen a trabajar para empresas que no consideran sus desafíos de cuidado enfrentan jornadas laborales largas, horarios inflexibles e incompatibles con los tiempos escolares de sus hijes, largos trayectos de movilidad y condiciones de inseguridad en el espacio público.

En este contexto, muchas veces se ven obligadas a delegar el cuidado de niñeces más pequeñas, de personas con discapacidad o de personas mayores en sus propies hijes. Esta forma de violencia invisible se llama parentalización. Es invisible porque aquello que llamamos estado de bienestar se sostiene, en realidad, sobre una organización profundamente desigual del cuidado que descansa en la pobreza de tiempo de las mujeres cuidadoras, pero también en el abandono de las niñeces.

La parentalización no puede entenderse solo como negligencia de una madre, hay que considerar la omisión de un estado que no es corresponsable y que no se compromete con desmontar las condiciones que perpetúan estas cadenas de cuidado. Son esas mismas condiciones las que empujan a las mujeres a delegar el cuidado en quienes, por su edad y etapa de desarrollo, deberían estar siendo cuidadas. Y así las niñeces se ven obligadas a realizar tareas del hogar y la crianza, cuidado de personas enfermas, sostenimiento emocional de personas adultas y un largo etcétera.

El cuidado no solo está familiarizado y feminizado, también está infantilizado. Los vacíos de tiempo y de cuidado que las mujeres no alcanzan a cubrir son sostenidos por las niñeces, a costa de su derecho al juego, al descanso, a la escuela y a una vida libre de responsabilidades que no les corresponden. Se les exige sostener la vida cuando el mundo adulto, el estado, el mercado y las masculinidades que abandonan han omitido hacerlo.

Las niñeces no deberían sostener el mundo que las explota. Es el mundo quien debería cuidarles. Y no puede afirmarse que se les cuida mientras se toleran los abandonos paternos desde el privilegio masculino ni mientras las empresas sostienen horarios infames que hacen imposible cuidar.

Este estado de bienestar está sostenido sobre la violencia contra las niñeces, una forma de violencia que se nombra responsabilidad y como deber familiar, pero que realmente les resta espacios y les resta vida. ¿Cuánto de lo que vemos en lo público se sostiene de estas desigualdades? Incluyendo el Mundial por venir…

Mientras tanto nosotras pelearemos hasta que podamos ver más a nuestres hijes que al patriarcado y a sus jefes.

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