Un accidente es algo inevitable y fortuito, mientras un siniestro es un hecho que sí se podía (y debía) evitar, causado por negligencia, error humano o fallas de diseño…
El aumento en la violencia vial y los siniestros en la ciudad es alarmante, y no son una casualidad.
Un accidente es algo inevitable y fortuito, mientras un siniestro es un hecho que sí se podía (y debía) evitar, causado por negligencia, error humano o fallas de diseño. Un accidente es que caiga una rama de árbol por una tormenta. Un siniestro es un auto impactando a una persona a exceso de velocidad en una avenida con carriles sobredimensionados y diseñada como autopista en vez de avenida urbana, donde no hay cruces peatonales seguros a nivel de calle ni semáforos que regulen el tráfico y brinden tiempo de cruce accesible a peatones.
Hablar de siniestros es una forma de reconocer a las víctimas, pues no murieron por un hecho fortuito, sino por el resultado de políticas públicas erradas que crearon un ambiente hostil y peligroso en la ciudad para todos los usuarios de las calles.
Al menos siete personas murieron atropelladas en las últimas dos semanas en las principales avenidas de la ciudad, y los comentarios en redes, más allá de ser empáticos, siempre fueron culpando y burlándose de las víctimas. Esto, sin importar las condiciones estructurales de la ciudad, donde vivimos en un sistema de calles diseñado para favorecer y priorizar a los autos y su velocidad, en vez de a los peatones y demás usuarios vulnerables, como marca la ley y la normativa mexicana. Las personas muriendo atropelladas en las calles de la ciudad no son “accidentes”, son el resultado de impulsar las altas velocidades dentro de la ciudad desde hace décadas.
El artículo cuarto de la Constitución establece que “toda persona tiene derecho a la movilidad en condiciones de seguridad vial, accesibilidad, eficiencia, sostenibilidad, calidad, inclusión e igualdad”. Y es deber de las autoridades el cambiar la infraestructura que no promueve este derecho, pero también es deber de los habitantes de la ciudad el exigir estos cambios si no los vemos realizarse, porque nuestra seguridad no puede dejarse a la deriva, y menos ante la tendencia alarmante en siniestros, violencia vial y muertes.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), solo aproximadamente 20 por ciento de las personas se mueve en la ciudad en auto, mientras el otro 80 por ciento camina, depende del transporte público o se mueve en bicicleta. Ese 80 por ciento de la población se encuentra invisibilizado en el espacio público desde el diseño mismo de este.
Estamos pasando por una crisis de seguridad vial y debemos reconocer de dónde viene para poder atenderla. Según datos recopilados por Revolución Urbana, ha habido un aumento significativo en los siniestros viales a partir del impulso al uso del auto y el aumento de las velocidades, incluso en el nombre de las avenidas, como el caso de la mal llamada “supervía”.
Los autos colisionando entre ellos, los conductores que asesinan a otros conductores, la violencia generalizada contra peatones y ciclistas, el clima de hostilidad en las calles que nos estresa cada vez que salimos y merma nuestra calidad de vida… todo eso es resultado en gran medida del diseño de las calles y las políticas públicas de movilidad. Necesitamos un cambio radical en nuestra manera de habitar y movernos en la ciudad.
Pequeñas acciones, grandes cambios…
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