Esta tradición ha sido el alma de la localidad indígena de Huejutla durante décadas

Actualmente, las nuevas generaciones se van a estudiar, trabajar o emigran, por lo que no siguen con el oficio | Foto: Salomón Hernández
Por décadas, la alfarería ha sido el alma de Chililico, una localidad indígena de Huejutla. Sin embargo, los hornos se enfrían, las manos se repliegan y el oficio se desvanece poco a poco.
Minerva Hernández, de 58 años, es una de las mujeres que mantienen viva esta tradición en Chililico. Comenzó a moldear miniaturas a los ocho años y a los 10 ya elaboraba ollas, jarras, cafeteras y macetas junto a su madre. “Ahora hago todo el año. Una semana hago ollas; otra, cafeteras. Las dejamos al sol, las pintamos y si no hay viento, las horneamos. Así se hace desde siempre”, cuenta con orgullo, sentada frente a su taller improvisado, rodeada de piezas recién hechas.
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Actualmente, unas 50 mujeres se dedican a la alfarería en Chililico, cuando en sus mejores tiempos eran más de 300 familias. Algunas incluso prestaban manos entre sí para cumplir con los pedidos en fechas importantes, como el Xantolo. “Ahora ya no es así. Las hijas ya no quieren. Se van a estudiar, se van a trabajar o emigran. Ya no lo hacen y no porque no puedan, sino porque ya no les gusta”, lamentó Minerva.

El proceso de la alfarería sigue siendo artesanal y exigente. Para una horneada, se pueden preparar hasta 12 piezas grandes, pero antes deben secarse al sol, pintarse y cuidarse del viento. También fabrican miniaturas y silbatos —conocidos como cocohuilos—, que se venden especialmente en temporada de Día de Muertos para llamar a las ánimas.
Dos de sus nietos, uno de 11 años y otro más pequeño, le ayudan de vez en cuando. “Son los únicos que a veces se acercan. Ojalá sigan, pero no sé”, dijo con resignación.
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La materia prima para la alfarería no escasea, pero ha cambiado la manera de obtenerla. Antes, las familias recolectaban barro de los alrededores; ahora se compra por volteo a mil 800 pesos, aunque muchas veces viene mezclado con piedra, lo que encarece y complica el trabajo.
Los productos se venden directamente en varios municipios. “Ya no hay coyotes que nos compren por mayoreo como antes. Nosotros mismos tenemos que salir a vender”, explicó.
El oficio ha sobrevivido al tiempo, a la pobreza y al olvido institucional, pero hoy enfrenta su mayor amenaza: el desinterés generacional. La alfarería en Chililico no ha muerto, pero vive con respiración lenta.
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