Hoy quisiera dar un paso más: la prosperidad de una ciudad también se construye a partir de la forma en que decidimos gobernarla.

Si en mi entrega anterior planteaba que la identidad de una ciudad se construye a partir de la forma en que la habitamos, hoy quisiera dar un paso más: la prosperidad de una ciudad también se construye a partir de la forma en que decidimos gobernarla.
Si bien les he compartido que habitar es la manera en que nos relacionamos con el mundo. Yo añadiría que esa relación no depende únicamente de la arquitectura; depende también de las reglas que definen cómo una ciudad crece, se conecta y genera oportunidades. Al final, toda política pública termina dibujándose sobre el territorio.
La Zona Metropolitana de Pachuca ya funciona como una sola ciudad. Compartimos empleo, vivienda, universidades, comercio, infraestructura y movilidad. Sin embargo, con frecuencia seguimos tomando decisiones desde límites administrativos que la vida cotidiana ya superó.
No lo planteo como una crítica, sino como una oportunidad.
El economista urbano Edward Glaeser sostiene en Triumph of the City que las ciudades prosperan cuando facilitan el intercambio de personas, ideas e inversión. Jane Jacobs, en The Economy of Cities, afirmaba que la riqueza nace de la capacidad de las ciudades para innovar y diversificar su economía. Y Richard Florida ha demostrado que las regiones metropolitanas son hoy las verdaderas unidades de competencia económica.
La pregunta es inevitable: ¿estamos organizando nuestra metrópoli para competir o únicamente para administrarla?
Quizá uno de los grandes retos sea avanzar hacia una mayor conciliación y homologación de nuestros instrumentos de desarrollo urbano. No significa renunciar a la autonomía municipal. Significa construir reglas comunes donde el territorio las necesita: criterios compatibles de uso de suelo, procesos más coordinados, infraestructura pensada para una región y una visión compartida del crecimiento.
Cuando un inversionista analiza dónde establecerse, no distingue las fronteras entre un municipio y otro; evalúa conectividad, certeza jurídica, disponibilidad de vivienda, movilidad, servicios y talento. La competitividad no entiende de límites políticos.
Estoy convencida de que una agenda metropolitana bien coordinada puede convertirse en uno de los mayores motores económicos de Hidalgo. Porque, además de atraer inversión, permitiría planear mejor el crecimiento, reducir costos públicos, dar mayor certidumbre al desarrollo urbano y ofrecer mejores oportunidades para las familias.
Como arquitecta y presidenta de Canadevi Hidalgo, creo que esta conversación merece abrirse con seriedad y sin prejuicios. Hay que alinear esfuerzos, hay que compartir una visión.
Las mejores metrópolis del mundo no crecieron por casualidad. Crecieron porque entendieron que la coordinación también genera riqueza. Quizá esa sea la siguiente gran obra que debemos construir en Hidalgo: no un edificio más, sino un proyecto común de ciudad.
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